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¿Es Usted Noble?

por Elmer N. Dunlap Rouse

 “Aquella misma noche los hermanos encaminaron a Pablo y a Silas para Berea. Así que llegaron, se fueron a la sinagoga de los judíos. Eran éstos más nobles que los de Tesalónica, y recibieron con toda avidez la palabra, consultando diariamente las Escrituras para ver si era así” (Hechos 17:10-11, Versión Nácar Colunga).

Noble quiere decir preclaro, ilustre y digno de admiración, aunque el griego lleva más bien la idea de imparcial – sin prejuicios. Estos judíos eran nobles porque no creyeron a simple vista, sino que eran como Tomás. Tenían que ver para creer. Escucharon a Pablo, pero al mismo tiempo era cautelosos. Tal vez otro les había engañado, predicando cosas que no eran. San Juan dijo, “Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas se han levantado en el mundo”. (1 Jn 4:1). Oye. ¿Es usted noble? ¿Tiene cautela? ¿O le pueden engañar con facilidad? Además de cautela, los de Berea procedían con toda avidez porque ansiaban saber si el mensaje de Pablo era verídico. Su nobleza se convirtió en acción. Se inquietaron hasta resolver la cuestión. Además, la forma en que investigaron el mensaje de Pablo demostró nuevamente su nobleza porque consultaron la autoridad máxima y suprema en la religión: las Escrituras. Eran persistentes y entregados, investigando todos los días. Así creyeron.

1. No creyeron a ciegas. Su desconfianza no le estuvo malo a Pablo, sino, al contrario, fue impresionado por la actitud de ellos hacia las Escrituras. Fue Lucas, el autor de Los Hechos, quién les dio la distinción de llamarles nobles porque “recibieron con toda avidez la palabra, consultando diariamente las Escrituras para ver si era así.” El apóstol Pablo no gozó de su confianza, sino las Escrituras.

2. No consultaron al magisterium, (los maestros) de la sinagoga respeto a la veracidad del mensaje, sino las Escrituras. Tanto el príncipe como los ancianos de la sinagoga sentían la misma ansiedad de rebuscar las Escrituras.¿Por qué confiaron más en las Escrituras que en sus propios maestros y dirigentes? Porque las Escrituras fueron escritas para eso, para discernir, juzgar y aclarar. No es una literatura opcional, sino esencial. “Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia, antes son todas desnudas y manifiestas a los ojos de aquel a quien hemos de dar cuenta.” (Heb. 4:13). Los maestros dependen de las Escrituras, no las Escrituras de ellos. Las Escrituras les capacitó para juzgar hasta el mensaje de los Apóstoles. Eran nobles.

3. No consultaron la tradición de los ancianos, o sea la Torah. Las interpretaciones de los hombres jamás pueden alcanzar la autoridad de las Escrituras que son la autoridad máxima. Ningún hombre ni iglesia puede opinar después que Dios ha hablado. Los hombres no pueden añadir ni quitar de lo que Dios ha dicho (Deut. 4:2; Prov. 30:6; Apoc. 22:18-19). Cuando la tradición contradice, añade o resta de lo que Dios ha dicho, ya no es sagrado sino profano (Mar. 7:1-13). Las tradiciones que no tienen su origen en las Escrituras no son nada más que opiniones y especulaciones. La fe viene por el oír y el oír por la palabra de Dios (Rom. 10:17). Las tradiciones y la enseñanza del magisterium no son inspiradas. Sólo las palabras de Dios son inspiradas.

La Iglesia Católica Romana es a una iglesia autoritaria que ejerce el poder absoluto sobre su membresía. El Canon 212 §1 exige la obediencia obligada al catecismo. Contraria a la nobleza de los de Berea, el Vaticano dice que SÓLO la jerarquía puede interpretar la Biblia, y el feligrés no puede creer, sino sólo aceptar sin ninguna reservación intelectual. No hay libertad de consciencia. Prefiere que sus feligreses ni siquiera lean las Escrituras porque éstas, al diferir con la tradición y el magisterium, causan problemas y controversias. En momentos de la historia, la Iglesia Católica puso la Biblia en la lista de los libros prohibidos. Por varios siglos, prohibieron la traducción de la Biblia al lenguaje del pueblo. Para los de Berea, las Escrituras eran la voz de Dios, infalibles, la clave, esenciales, el banco de pruebas y la último palabra. Los de Berea amaban las Escrituras y su nobleza se debía a su disposición de estudiarlas para conocer la verdad. Imparciales examinaron las Escrituras para ver si era así. ¿Qué tan noble es usted? ¿Ama las Escrituras?

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