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LAS DOS MANERAS

por Elmer N. Dunlap Rouse, 2017

 Hay dos maneras de estar bien con Dios. La primera es por ser una persona justa, santa y cumplidora con la voluntad de Dios. Y otra cosa. Nunca haber cometido ninguna falta. Según esta manera, yo no califico. Puedo engañar a la gente, pero mi consciencia me indica que estoy muy lejos de la santidad que Dios exige.

He pensado, dicho y hecho cosas que a Dios no le gusta, y cuando tenía la oportunidad de hacer el bien, no hice nada. Otros son peores que yo y no soy mala persona, pero según esta manera, no califico. He ofendido a Dios. Como consecuencia, merezco un lugar en el infierno.

Hay una segunda manera de estar bien con Dios. Esta manera trata del evangelio. Si usted tampoco califica según la primera manera, no debe perder esta oportunidad, ya que no hay otra manera de estar bien con Dios. La palabra evangelio significa buenas nuevas. El origen de la palabra desprende de un mensajero que trae noticias de la guerra, de cómo va. Las personas interesadas en cómo va la guerra quieren escuchar buenas noticias, ya que las malas significan destrucción y muerte. En medio de la palabra evangelio está la palabra “ángel” que quiere decir mensajero. Al llegar el mensajero, uno le pregunta, “¿Está todo bien? ¿Estamos a salvo?”

El Apóstol Pablo era un evangelista, un mensajero de Dios. Escribió, “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvar a todo aquél que cree, al judío primeramente y también al griego” (Rom 1:16). Pablo llevaba las buenas noticias de esta segunda manera de estar bien con Dios. Esta manera nos favorece, pero requiere cierta humildad y honestidad, cosas que algunos no disponen. Es humillante admitir las cosas como son, que hemos fallado a Dios. El evangelio nos puede ayudar con el problema de nuestra condición de caído, de pecado y de ser imperfecto. ¿Cómo es esta segunda manera?

Dios nos ama. Es el evangelio del amor de Dios. Nos ama a pesar de que le hemos fallado. No nos ama porque somos buenos, sino porque Él es amor. Es su naturaleza. Por amor, nos abrió un camino por la muerte de Jesús para ser justificados, perdonados y reconciliados. Jesús murió sustituyendo a nosotros. Este es el evangelio. Es muy sencillo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16).

Hay que confiar en Jesús, no en uno mismo ni en el bien que ha hecho. Uno no aporta nada. Primero porque uno no es capaz de redimirse a si mismo y segundo, porque Cristo ya lo pagó todo. No queda nada para uno pagar ni siquiera cooperar. Su sangre pagó todos los daños.

Hay que creer. Lo único que uno puede hacer es aceptar el evangelio por medio de la fe. ¿Y cómo así? Es como el jurado en la corte que escucha la evidencia y llega a un veredicto. La fe viene por escuchar evidencia, así como un jurado llega a entender un caso. En la Biblia tenemos cuatro evangelios que narran la vida de Jesús, las profecías cumplidas, sus enseñanzas, milagros, señales, muerte, sepultura y resurrección. Si quiere aceptar esta manera de salvarse, puede empezar por leer los evangelios para creer en Jesús. Su fe crecerá, madurará y le motivará a obedecer el evangelio y nacer de nuevo.

Obedecer el evangelio es arrepentirse de sus pecados, confesar su fe en Cristo y someterse al mandamiento de bautizarse en la muerte de Cristo, siendo sumergido en las aguas para el perdón de sus pecados y para recibir el Espíritu Santo para acompañarle siempre. La fe que no obedece el evangelio es una fe incompleta, pero la fe dispuesta y obediente salva.

Nadie puede estar bien con Dios por la primera manera - la de ser perfecto. La Biblia misma dice que no hay justo, ni siquiera uno. Pero gracias a la misericordia de Dios hay la segunda manera, la del evangelio, donde los pecadores pueden salvarse por la muerte de Jesús. Aproveche esta oportunidad.

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