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por Elmer N. Dunlap Rouse, 2018
 En 1803, seis ministros en Kentucky no estuvieron de acuerdo con el credo de su iglesia y, antes de ser disciplinados, tomaron la decisión de retirarse del Sínodo Presbiteriano de Kentucky. Unos días después, formaron un nuevo concilio, pero algo curioso sucedió. Cuando empezaron a formular su credo, les llegó un momento de lucidez. Si ellos renunciaron por no aceptar un credo hecho por hombres, ¿cómo van a formular otro? Pensándolo bien, entendieron que la Biblia debería ser el único credo. Unos días después, siguieron con su reforma, eliminando su nombre sectario y repudiando los títulos religiosos como reverendo. Invitaron a su concilio anterior a hacer lo mismo - disolverse.

¿Cuál sería su opinión de todo esto? ¿No sería bueno que toda secta hiciera lo mismo para que todos los cristianos seamos un solo pueblo sin distinciones? ¿Cómo sería el mundo cristiano sin nombres, concilios y títulos y que lo único que los une sea Cristo y su Palabra? ¿Qué podemos hacer con tantas organizaciones cristianas como la Católica, Pentecostal, Bautista, Adventista, Metodista, Testigos, y miles más. Estos hombres escribieron lo siguiente:

Deseamos que este cuerpo muera, se disuelva y desaparezca para unirse con el Cuerpo de Cristo, porque no hay más que un cuerpo, un espíritu, como fuimos llamados en una misma esperanza de nuestra vocación.

Deseamos que nuestro nombre distintivo con los títulos de Reverendo sean olvidados y que haya un solo Señor sobre la heredad de Dios.

Deseamos que nuestro poder de hacer leyes para gobernar la iglesia y ejecutarlas por una autoridad delegada cese para siempre y que la gente tenga libre acceso a la Biblia y que adopten la ley del espíritu de la vida de Cristo Jesús.

Deseamos que los candidatos para evangelista estudien las sagradas escrituras con oración ferviente y que obtengan su licencia de Dios para predicar el evangelio sencillo con el Espíritu Santo bajado del cielo sin mezclarlo con filosofías, vanidosos engaños, tradiciones de hombres y rudimentos del mundo.

Deseamos que la iglesia de Cristo asuma su derecho nativo de gobierno interno – que juzgue a los candidatos para el ministerio, la salud de su fe, su conocimiento de la religión, su experiencia, su seriedad, su aptitud para enseñar y que no admitan ningún otro prueba de su autoridad que no sea Cristo hablando en ellos. Deseamos que la iglesia de Cristo suplique al Señor de la cosecha que envíe obreros a su cosecha y que ella continúe con su derecho primitivo de probar a los que dicen ser apóstoles y no lo son.

Deseamos que cada iglesia en particular, actuando por el mismo espíritu, seleccione su propio predicador y que lo sostenga por medio de ofrendas voluntarias, que admitan miembros, remuevan ofensas, y jamás deleguen su derecho de gobernarse a ningún hombre ni concilio alguno.

Deseamos que la gente tome la Biblia como su única guía segura al cielo y como muchos se ofenden con otros libros que compiten con la Biblia, que los echen en el fuego si desean porque es mejor entrar en la vida con un solo libro, que con muchos sea echado al infierno.

Deseamos que los predicadores y todos cultiven un espíritu de soportarse, que oren más, que discutan menos y que observen las señales de los tiempos, que alcen la cabeza y esperen la redención que se acerca.

Deseamos que nuestros hermanos débiles que quieren convertir en rey al concilio presbiteriano de Springfield por no entender su fallecimiento, que tomen mejor al rey Jesús, roca de la eternidad y que el Sínodo de Kentucky liberan a sus oprimidos para que disfruten de la libertad del Evangelio.

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Lo que hicieron aquellos seis ministros era contrario a sus instintos naturales. Se sintieron cohibidos de iniciar una nueva iglesia, o sea, otra división. Cristo oró, “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” (Juan 17:20-21).

La iglesia que sea de Cristo debe promover y modelar la verdad de que todos seamos uno según la Biblia.

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