AMAD A LOS HERMANOS

por Elmer N. Dunlap Rouse

 

Una de las cosas más bonitas de las iglesias de Cristo en Puerto Rico es su amor genuino los unos por los otros. En cualquier iglesia que uno vaya el domingo a visitar, va a encontrar a hermanos cariñosos, sonrisas, besos fraternales y calor de hermano. Es como entrar en un mundo aparte. Las visitas siempre me dicen: «los hermanos de esta iglesia son muy cariñosos».

No se puede limitar esta virtud a sólo los hermanos de la iglesia, sino que es asunto de raza. Lo leí en un libro, que los que no le saludan a uno no son puertorriqueños. Sea en el área metropolitana o en un barrio perdido por el monte, los puertorriqueños son muy cariñosos por naturaleza. Los periódicos pueden decir lo contrario señalando con mucho detalle casos de violación, asesinato, corrupción, materialismo, violencia doméstica y muerte dondequiera, pero estos son excepciones. Puede que en el mundo el cariño puertorriqueño se esconda un poco, como quien cierra las ventanas y tranca la puerta cuando se aproxima una tormenta, pero cuando llegan a un lugar como es la iglesia, el cariño florece nuevamente. Ahí luce la confianza, el brindarse, la consideración, la invitación, la sonrisa, la alegría, la humildad y la sencillez de corazón (Hech. 2:46). Parece un oasis en el desierto. Así era la iglesia primitiva. En medio de un mundo inmoral, avaro, idólatra y dirigido por un César pervertido y perseguidor, Pedro escribió: «Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey» (1 Ped. 2:17).

No debemos creer en los hermanos «Voceros» que quieren asustar a la iglesia con sus rumores de que fulano hizo esto o que dijo aquello. Si acabamos con el cariño en la iglesia, ¿a dónde iremos? ¿No será que estos alarmistas padecen de algún complejo de inferioridad? ¿Será correcto encerrar los corazones de los hermanos y limitar su amor a sólo los hermanos ya conocidos y a los que estén en la lista de los buenos según el ministro? La desconfianza y el miedo ensucian el alma y afean a la iglesia. Es mejor sufrir el daño y no prejuiciarse cerrando la puerta a un hermano desconocido. Cristo dijo, «Fui forastero y me recogisteis» (Mat. 25:35). El desconfiar de los hermanos está muy distante del espíritu y el amor generoso de Cristo. ¿Cómo podremos conquistar el mundo con un espíritu miserable, (2 Tim. 1:7)?

Es siempre correcto recibir al que pudiera ser un lobo vestido de oveja. Hasta que demuestra lo contrario, tiene derecho de esperar cariño. Pero el cariño puertorriqueño no es un cariño bobo, y los hermanos se dan cuenta de qué es qué y al fin y al cabo, el lobo se va. Si se llevase enrredado a dos o tres hermanos, le haría un favor a la iglesia porque se llevaría a los problemáticos, los enfermizos, y los que no aman la verdad. Lo de Dios permanece.

Hermanos, tengan fe: «Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe» (1 Jn 5:4). Hermanos, tengan amor: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los uno con los otros» (Jn 13:34). Hermanos, amad a los santos: «Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias...» (Efe. 1:15-16). Hermanos, denle un beso: «Saludaos los unos a los otros con ósculo santo. Os saludan todas las iglesias de Cristo» (Rom. 16:16).