CASA DESOCUPADA

por Elmer N. Dunlap Rouse

Supongamos que tu familia tuviera que desocupar la casa por un tiempo por viajar. Al tiempo la grama crece y supongamos que unos muchachos de tu barrio con tendencias delictivas rompen una ventana y cargan con las pertenencias de valor. Otros muchachos decoran las paredes con grafiti. Un vecino le coge prestada la puerta y los ratones y murciélagos empiezan a ocupar tu casa, al igual que un culebrón que se interesa en cazar los ratones. Y para colmo, un loco hace allí su residencia, y sintiendo frío una noche, hace un fuego en la sala con los muebles que allí habían. ¿Cómo se sentiría tu familia al encontrar la casa cuando regresen? La verdad es que una casa desocupada y falta de vigilancia se destruye con facilidad. La casa bonita se mantiene mientras su dueño la cuida, pero abandonada se deteriora porque otros la usan sin importar su condición.

Cristo habló del resultado de tener la casa desocupada en Lucas 11:24-26: "Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi casa de donde salí. Y cuando llega, la halla barrida y adornada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero". El texto paralelo en Mateo 12:43-45 añade la palabra "desocupada" y hace referencia a la "mala generación" de judíos que vivieron en aquel entonces. Ciertamente los judíos del tiempo de Cristo eran la casa barrida y adornada, preparada para su venida por la reforma que produjo el destierro en Babilonia y por la predica de Juan el Bautista. Al rechazar a Cristo, crucificándolo y rehusando arrepentirse después de la prédica de los apóstoles, entró el espíritu "atrasado" original y otros siete peores. Se rebelaron contra Roma y el general Tito mató a medio millón de judios en el año 70, y destruyó a Jerusalén hasta arar la tierra. En anticipación a este suceso, Cristo la lloró: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta" (Mat. 23:37-38). Los judios no supieron cuidar su casa.

Hermano, tú eres una casa donde puede habitar el Espíritu Santo o donde pueden habitar espíritus inmundos. Cuando dejas las cosas de Dios, te constituyes en una casa desocupada y por ley natural, los vacíos se llenan con rapidez. Donde no hay lo bueno, se presenta lo malo. Si tú no quieres que Cristo reine en tu corazón, allí tiene que reinar Satanás. Si no quieres la verdad, tienes que conformarte con la mentira. Si no quieres el amor, tienes que aprendar a odiar, tanto a los demás como a tí mismo. Si no quieres ir al cielo, tienes que ir al infierno. Si no quieres compartir con los hermanos en la fe, tienes que compartir con los incrédulos como hermanos. "Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia" (2 Tes. 2:11-12). Así le pasó al rey Saúl, que por su desobediencia, fue desechado como rey, el Espíritu de Dios le fue quitado y un espíritu malo de parte de Dios le atormentaba (1 Sam. 16:14).

No seamos casas desocupadas sino vamos a ocupar nuestras mentes de las cosas del Espíritu (Rom. 8:1-11) y ser templos de Dios (1 Cor. 3:16-17). No volvamos a enredarnos en las contaminaciones del mundo (1 Ped. 2:20-22) sino vamos a perseverar "en la doctrina de los apostoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones" (Hech. 2:42). No hacer cosas malas no es suficiente sino para ser una casa habitada por el Espíritu, tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu, yendo donde El quiere y haciendo lo que El quiere. No hacer nada malo es malo porque no estamos haciendo lo bueno.

¡Que la iglesia también sea una casa ocupada y no frecuentada por demonios! ¡Que prediquen la palabra! ¡Que llegue al hueso! ¡Que rompa los corazones de piedra y llenemos la iglesia de personas realmente convertidas! Cuidemos la iglesia de enseñanzas y prácticas demoniacas (1 Tim. 4:1-5). Asegurémonos que los dirigentes sean guiados por el Espíritu Santo y no por un espíritu de engaños, amarguras, negativismos, miedos, ambiciones y vanaglorias; sino que haya movimiento, programas, obras, actividades, misiones, orden, disciplina, atenciones y seguimiento hasta el final (Jn. 4:34; 9:4-5; 17:4;2 Cor. 8:6; 2 Tim. 4:7) . Que no hayan abandonos, ni vacios, ni cosas a medias, sino abundancias. Además de velar que no entre nada malo, velemos que allí more el Espíritu Santo manifestado por sus frutos.