El Contendor
Publicaci—n dedicada a abogar por
la ense–anza revelada en las Santas Escrituras – Judas 3
Instrumento al servicio de la
hermandad para dialogar varonilmente sobre asuntos b’blicos
Diciembre 2006
Nœmero 24
LA CELEBRACION DE NAVIDAD
No hay indicio alguno en Las
Escrituras de que el Se–or Jesœs, los ap—stoles y los cristianos del Siglo
Primero hayan celebrado el nacimiento de nuestro Se–or. Esta celebraci—n no se
menciona en las p‡ginas del Santo Libro. Por lo mismo, esta fiesta religiosa
no es de origen
Divino. Los datos del origen y de las actividades que acompa–an a tal evento se
encuentran en la historia secular.
Segœn varios historiadores, algunos l’deres
religiosos de un ÒcristianismoÓ que hab’a cambiado considerablemente, en el
Siglo Cuarto, aceptaron el edicto del obispo de Roma de celebrar el nacimiento
del Mes’as el 25 de diciembre. Ya que anteriormente se hac’a tal fiesta en
diferentes fechas, se pens— que la fecha de diciembre era la m‡s apropiada,
especialmente porque tal plan har’a m‡s f‡cil la tarea de convertir a los
paganos a Cristo, ya que en diciembre ellos hac’an sus fiestas en honor a sus dioses, fiestas que inclu’an el
darse regalos y mostrar gran afecto los unos para con los otros. Inclusive, unos paganos celebraban el renacimiento de
su dios – sol, Mitra, el 25 de diciembre, porque es el d’a cuando los
d’as se empiezan a alargar.
Los cristianos ortodoxos, a quienes
se les hab’a dado el nombre Òcat—licosÓ por primera vez en el 325 D. C., para distinguirlos del
grupo de la minor’a, pensaron que pod’an m‡s f‡cilmente cambiar la mente de los
paganos de sus dioses a Jesœs, la Luz del Mundo, con una celebraci—n de Su
nacimiento el 25 de diciembre.
Para asimilar dicha celebraci—n lo m‡s posible a la de los paganos,
tambiŽn incluyeron la d‡diva de regalos, el uso del muŽrdago y d’as de
banquetes y mucha alegr’a en general.
Con el tiempo, se introdujeron las
pr‡cticas del ÒnacimientoÓ, Òel nochebuenoÓ, que los b‡rbaros del Norte
usaban en honor a sus dioses, y el
Ò‡rbol de NavidadÓ con todos sus adornos.
Porque la celebraci—n de Navidad es una
fiesta religiosa
que no est‡ autorizada en las Sagradas Escrituras, no es l’cito que los que
conocemos la verdad y nos guiamos por el libro de Dios, nos hagamos part’cipes
en tal fest’n. Los ancianos y las
iglesias que promueven la celebraci—n de la Navidad, anunciando en sus
boletines y permitiendo el uso de salones, construidos con el dinero de las
ofrendas de los miembros, para observar tal celebraci—n, obran fuera de la sana
doctrina; violan las Escrituras de Dios.
RESPONSABILIDADES DE LOS SIERVOS
DE DIOS (3)
Los que la hacemos de maestros, predicadores,
inclusive los obispos en las iglesias de Dios, y los editores de peri—dicos,
revistas y boletines, todos tenemos la obligaci—n de ser fieles, primero y ante
todas las cosas, a Dios. Los que por interŽs a su salario, el amor al renombre,
al poder, y por el deseo de agradar
a los hombres para ser bien queridos por la hermandad, no predican Òtodo el
consejo de DiosÓ (Hechos 20:27), ni siquiera deben profesar que son siervos
de Dios.
Los profetas Eliseo, El’as,
Ezequiel, Isa’as y Jerem’as, entre otros, sufrieron, lamentablemente, en las
manos de los hijos de Dios, por su lealtad a Jehov‡, y por tener el valor de hablar francamente
con la verdad.
A su siervo Ezequiel, Jehov‡ lo
envi— a los hijos de Israel, a un pueblo rebelde, y Le dijo: ÒY les dir‡s: As’
ha dicho Jehov‡ el Se–or É Y tœ, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo
de sus palabras, aunque te halles en zarzas y espinos, y moras con escorpiones;
no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa
rebeldeÓ (Ezequiel 2:1-6).
Porque el profeta Jerem’as anunci—
fielmente la verdad de Jehov‡, los pr’ncipes pidieron al rey que se le matara,
porque segœn ellos, Jerem’as no se interesaba en el bienestar de la gente, sino
en hacer mal al pueblo. ÁQuŽ ciegos estaban! Su
prejuicio contra Žl era tal que no pudieron ver que Jerem’as era su mejor
amigo porque los aconsejaba con sabidur’a del Alt’simo, porque se interesaba en
el bienestar de ellos. Como aquellas generaciones,
hoy, desgraciadamente, muchos hijos de Dios no pueden distinguir entre quien
les habla con la verdad de Dios y quienes hip—critamente los adulan. Tienen por
amigos a quienes no ense–an Òtodo el consejo de DiosÓ, y por enemigos a quienes
hablan francamente conforme a los or‡culos del Se–or porque desean que sus
hermanos se aparten del error de sus caminos y permanezcan en la sana doctrina
para su salvaci—n (Santiago 5:19-20, 2 Juan 9).
Como en los d’as de Jerem’as, llaman
contencioso, divisionista y amargado al que les habla con la verdad de Dios, al
justo, y al deshonesto, mal interesado y torcedor de las Escrituras, lo tienen
por su amigo, consejero y palad’n de la verdad.
Jerem’as no se pudo contener al ver
a su pueblo hundirse m‡s cada d’a en la ruina espiritual. Y aunque, por ser
humano, al ver que lleg— a ser
objeto de escarnio y burla de parte del pueblo de Dios, s’, y aun de sus
mejores amigos, se desanim— en gran manera hasta el punto de jurar no hablar
m‡s la verdad de Jehov‡, no pudo callar porque hab’a un fuego en su alma que no lo dejaba guardar silencio
(Jerem’as 20:7-12).
Hubo disc’pulos que dejaron de
seguir al Mes’as porque en vez de
hablarles con palabras suaves, se
sintieron ofendidos porque les habl— claramente con la verdad de Su Padre (Juan
6:60-67). El ap—stol Pablo tampoco
pudo callar ante el error en las iglesias de Dios. A pesar de correr el riesgo
de ser oprobio de la hermandad y de
no ser recibido por muchos, porque era siervo de Dios, fue fiel a su ministerio.
Reprendi— severamente al ap—stol Pedro en presencia de muchos, por no tener el
valor de ser fiel a los principios de la verdad cuando hab’a jud’os presentes,
llam— a los miembros de las iglesias de Galacia que se apartaron de la verdad,
ÒinsensatosÓ, y rehus— hablar blandamente para agradar a los hombres
(G‡latas).
Obraba as’ porque no conoc’a el
esp’ritu de cobard’a y por el amor tan grande que llevaba en el coraz—n para
con sus hermanas y hermanos en el Se–or (2 Timoteo 1:7). Y aunque, como su
Se–or, fue objeto de burlas y escarnio, aun de parte de algunos que se contaban
como obreros de Dios, siempre fue fiel a su ministerio en todo lugar. Estaba
consciente del hecho que los cobardes en las cosas de Dios van a pasar la eternidad
en el infierno (Apocalipsis 21:8), y Žl no quer’a ser uno de ellos.
Ante esta gran verdad, Àc—mo andamos
usted y yo, mi hermano en el Se–or?
ÀEn cu‡l grupo nos en-contramos, con los que por agradar a la hermandad
callan ante el error, o con los que como los profetas de anta–o, Jesucristo y
Pablo son leales a los principios de Dios, sin importar las consecuencias? ÀCon
quiŽn preferimos quedar bien, con los hombres o con Dios?
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ÁEl editor desea a todo
lector de este bolet’n un a–o 2007 lleno de dicha, felicidad y muchos triunfos
en el reino de Dios!
__________________________________________________________________________________Favor de enviar
todo comentario y art’culo de interŽs a Salvador Maga–a, 2521 Chuckster Dr.,
Corpus Christi, TX 78414, o a Salmag50@Yahoo.com.
Gracias.