CONFIANZA EN LOS HERMANOS

por Elmer N. Dunlap Rouse

Se le oye algunos hermanos decir, "Yo no confío en nadie". A estos miedosos, pesimistas, víctimas, les encanta contar sus experiencias de traición por amigos íntimos. Su texto predilecto es Jeremías 17:5, "Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre..." Aquí completamos el versículo para no permitirles difamar a la Biblia: "...y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová". Lejos de mandarnos a desconfiar los unos de los otros, nos prohibe abandonar a Dios para seguir a hombres. Son dos cosas distintas.

Por cierto, la confianza en Dios es básica en el Antiguo Testamento, especialmente en Isaías y Jeremías. Confiar en cosas o poderes terrenales es una falsa esperanza (Eze. 33:13; Job 27:8; Sal. 37:3; 91:2; 146:3; Isa. 47:10). No debemos confiar en el dinero y nuestros amigos no siempre se comportan como amigos, pero ¿quién puede vivir sin confiar en los demás? Nadie. Piénsalo. Si desconfiamos, nunca podremos volver a comer nada, nunca. Sería absurdo vivir sin confiar en los demás, a menos que seamos paranoicos y, si es así, nos debemos ingresar en alguna institución para enfermos mentales donde nos puedan cuidar y velar. Pues, hay que tenerle miedo a los que viven con miedo de los demás.

PODEMOS confiar en los demás. Pablo confiaba en los corintios, "...confiando en vosotros todos que mi gozo es el de todos vosotros" (2 Cor. 2:3) y "Me gozo de que en todo tengo confianza en vosotros" (7:16). El amor "todo lo cree, todo lo espera..." (1 Cor. 13:7). Pablo confiaba en su amigo Filemón (21). El cristiano maduro ama y confía en los demás, a pesar de sus errores pasados. A pesar de que los corintios cometieron muchos errores, Pablo expresaba su confianza en ellos. Era positivo, generoso y confiaba en la sinceridad y en la capacidad de los cristianos de tomar decisiones correctas. "Yo confío respecto de vosotros en el Señor, que no pensaréis de otro modo (Gál. 5:10). Pablo no sembraba desconfianza entre los hermanos. No cantaba, "Confíen en mi, pero yo no confío en nadie".

Sin embargo, no podemos confiar en todos por igual. Los que enseñan falsa doctrina no merecen nuestra confianza. Hay que tomarlos aparte y exponerles más exactamente el camino de Dios (Hech. 18:26). Al no poderles convencer, debemos contender ardientemente con ellos, sea donde sea, "por la fe que ha sido una vez dada a los santos" (2 Tim. 4:2; Judas 3; 2 Jn. 9-11). Hay que "probar los espíritus si son de Dios" (1 Jn. 4:1). No podemos tolerar a los falsos, sino, con amor, reconocerlos públicamente como tales (Apoc. 2:2).

No podemos confiar en líderes que toleran la inmoralidad en la iglesia. Los adúlteros no pueden ser miembros ni mucho menos servir de maestros en la iglesia. Los ministros que aceptan cualquier excusa para recasar a los divorciados sólo echan más almas al lago de fuego. Los líderes que usan bebidas alcohólicas, participan en loterías o permiten a que sus hijas se vistan de forma sensual no merecen nuestra confianza.

No podemos confiar en los envidiosos. Los hermanos que difaman, murmuran, y atacan a los líderes de la iglesia para dominar la obra del Señor merecen vigilancia y sospecha. No podemos confiar en los que padecen de celos amargos y corazones llenos de contención y jactancia (Sant. 3:14; 2 Cor. 12:20).

El amor conlleva cierto riesgo. Yo prefiero sufrir decepciones antes de abandonar toda esperanza y confianza en mis hermanos. Creo en el poder del amor; creo en la bondad del ser humano. Me siento dichoso de vivir en un mundo tan bonito, rodeado de hermanos queridos y apreciados. Los amo a todos.

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